XVIII GRAN PREMIO COMARCA DE POLOPOS

XVIII GRAN PREMIO COMARCA DE POLOPOS.

La provincia de Granada estrenó 2017 en cuanto a ciclismo en carretera se refiere. El pasado domingo partió desde La Mamola una nueva edición –la decimoctava- del Gran Premio Comarca de Polopos, cita en la que los participantes tienen que coronar el alto de Haza del Lino. La prueba fue valedera para Circuito Provincial de Granada en categorías junior y máster, siendo también puntuable para Ranking Andaluz en todas las categorías (cadete, junior, máster y sub23-élite).

Los 227 ciclistas que se dieron cita en La Mamola rodaron de manera agrupada hasta `La Guapa´, donde se dio la salida real y desde el primer minuto no cesaron los ataques y demarrajes, rompiéndose muy pronto el pelotón.


El primero en coronar el alto y proclamarse vencedor fue Daniel Domínguez, con una sensacional actuación rodando prácticamente en solitario toda la prueba. La primera fémina en meta fue Elena Pérez (UCFuenlabrada), que no dio opción a sus rivales y firmó una subida de mucho nivel.

Ganadores por categorías:

Cadete: Carlos Rodríguez (Bicicletas Valdayo-Joya al Corte).
Junior: Iván Ruiz.
Sub 23: Leandro Emanuel Sartor (C.D. Bicitecnia).
Élite: Daniel de la Fuente (C.D.C. Castell).
Máster 30: Daniel Domínguez.
Máster 40: Francisco Robles (Nevada Bike).
Máster 50: Mario Fernández (C.D.C. Ciudad de Jaén).
Máster 60: Rafael Antonio Jiménez (C.C. Andalucía Nature).
Féminas: Elena Pérez (UCFuenlabrada).

Tras la prueba se procedió a la entrega de trofeos, presidida por alcalde de la comarca La Mamola, Matías González, el alcalde pedáneo de Polopos, Francisco García, y el concejal de Deportes, José A. Martínez.

La siguiente prueba dentro del Circuito Provincial de Granada será el Gran Premio Subida a Sierra Nevada-Hoya de la Mora del 23 de abril, mientras que en el Ranking Andaluz los cadete y junior están citados el domingo en Bollullos (Huelva) para el Trofeo Federación y el resto de categorías en liza también el domingo, pero en Bormujos (Sevilla) con la prueba Circuito Luis de Coria.

ALMENDROS FLOR RUBITE

EL ALMENDRO Y SU FLOR ALPUJARRA BAJA – CONTRAVIESA.

Foto: Mª Carmen Estevez
En estos días del mes de febrero tenemos la ocasión de disfrutar de un paisaje maravilloso al sur de Sierra Nevada en la zona de la Alpujarra Baja – Sierra de la Contraviesa y zona sur de la Sierra de Lujar, municipios como Torvizcón, Cadiar, Polopos, Sorvilán y Rubite se tiñen de color y olor de cientos y cientos de flores blancas, grises y rosáceas sin olvidar el cielo azul o mar de niebla que nos acompaña estos días lo que nos hace aun mas disfrutar de ello, todo un espectáculo único.
La floración suele durar de dos a tres semanas dependiendo de la variedad y las temperaturas de cada año.
La almendra es un fruto seco que nace del almendro de variedades conocidas en la zona como marcona, redondilla o comunas, se suele recolectar desde finales de agosto en adelante tras su maduración, es un fruto utilizado en repostería (mantecados y turrones) gastronomía, aunque se consumen crudas, fritas, tostadas.
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Nuestro país es el segundo productor mundial de almendra 60.000 toneladas en grano (año 2009), después de EEUU, siendo nuestra comarca una de las mayores productoras donde su cultivo esta bastante extendido en terrenos montañosos, secos e inverosímiles, con mucha inclinación y difícil mecanización lo que dificulta su labor.
A pesar de la desaparición de bestias y animales aun se siguen viendo mulos arando los campos y cargados de producto en la época de la recolección del fruto.
Se comenta que este fruto fue traído de oriente por los fenicios y cuidados posteriormente por romanos, árabes y cristianos, los almendros sustituyeron a las masivas plantaciones de viñas destruidas por la plaga de filoxera a finales del siglo XIX en la zona, cultivo que logró revitalizar unas tierras que quedaron arrasadas y a un paso de la desertización.
“Cuenta la leyenda que el califa árabe, Ibn-Almundim, al ver llorar amargadamente de nostalgia a su esposa Gilda por la nieve que cubría su lejano país natal, ordenó plantar miles de almendros para que las blancas flores hicieran de copos de nieve y calmar así la melancolía de su amada.”
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Germán Acosta Estévez.

“LA ALLOZA, BOCATTO DI CARDINALE”
No. No es un nombre ni un fruto más. La pepita, que diría un castizo capitalino de Rubite, es un fruto “mu calioso”; más aún, es una seña de identidad de este rincón alpujarreño.
Los que frisamos ya cierta edad, recordamos cómo, a finales de febrero y principios de marzo, en los bolsillos de nuestros “esmirriaos” calzones, nunca faltaba un puñado de sal guardado, de forma cuidadosa y secreta, en un trocillo de aquel papel de estraza en el que envolvían los alimentos a nuestras madres en la tienda del pueblo. La mezcla de sal con la almendra verde y tierna era el snack más delicioso y asequible de aquellos tiempos.
De camino a la escuela, los almendros de Los Sifones, los de La Haza de la Era o aquellos de los alrededores de la Cruz se poblaban, de repente, con un auténtico enjambre de rapaces en busca del preciado tesoro. Después de las horas lectivas, tras imitar un rato a los monos pasándonos de un ailanto (llamado también árbol de los dioses o árbol del cielo) a otro en el patio de la escuela o de jugar a “la banda” o a “borrego” y, asegurados de que no había “moros en la costa”, dábamos otro “rebezo” a la alloza. Y eso que Antonio “el Encargao” ponía todo su celo en evitar nuestros asaltos: algunos tirones de orejas, alguna amenaza de decírselo a nuestros padres, alguna que otra multa cayó; también alguna “capuana” al llegar a casa…Daba igual. Éramos tan cansinos y tan inconscientes que, al día siguiente, volvíamos a insistir en tan placentero delito.
Había auténticos profesionales en dejar “pelaos” los “fardales” de los almendros: los de la Haza Llana eran unos “atélites” en este cometido; los “garranchines” del Barrio de Allá, avezados especialistas en la materia.
Esas allozas eran el sustento básico del pueblo desde que las viñas se fueron abandonando. Ya a mediados del verano, la niebla agostiza pintaba de otro color los bodoques bordados sobre el mantel de la fronda de los almendros. Era tiempo de aforar: en algunos pagos había un “frutazo”, en otros tan sólo un “pintorreo”. Poco después los campos se llenarían de vida: numerosas cuadrillas inundaban las parcelas con los ecos de sus risas, sus bromas y sus chascarrillos. Tan sólo un poco de sosiego cuando el manijero decía de parar un rato para “echarse una punta” o “jumarse un pírfano”.
“A dos manos, que con una sola, amargan”, decían los más viejos. ..Y eran sacos y sacos de hilo de pita, auténticos talegones que hacían bufar a las bestias de carga al afrontar las “pinas” cuestas que salpican los caminos y veredas de Rubite. Terminado el “roal”, había que pregonarlo a grito “pelao” y “echar los cigarrones” a los que todavía les quedaba faena por los alrededores.
Por otra parte, para las madres que tenían varios miembros en el tajo era un auténtico quebradero de cabeza el articular las comidas: unos se tenían que ir “habiaos”, a otros dejárselas preparadas para cuando los muleros llegaran al pueblo con las cargas, y a otros había que llevarles la comida al último confín, “pasando las abelicas” al ir cargadas con varios cenachos o cestas de caña por aquellas insufribles cuestas; la vuelta se aprovechaba para empaquetarse un hacecillo de leña con un ramal con tarabita de madera.
Esa lluvia de jornales, que eran inferiores en cuantía económica para las mujeres, propiciaba un ambiente animado en los bares y en los bailes domingueros; la puerta del Casino era un INEM improvisado donde la gente aguardaba la llamada de algún patrón para los próximos días.
Después de “dar de mano” o de haber apurado ya una finca, la rebusca era una tarea básica, sobre todo para los más jóvenes, pues un buen copo de almendras “pelaícas” garantizaba un atuendo y unos zapatos en condiciones para la Función en octubre, así como también un dinerillo extra para convidarse con los amigos de la pandilla o las novietas. Algunos metían la mano directamente en el saco aprovechando cualquier despiste del encargado de la cuadrilla o capataz de turno y ganaban el jornal en un instante. Para este menester se llevaban bien dobladas en el bolsillo o bien una talega de tela, o bien una bolsa de “tu-tú”, ese detergente en polvo de entonces que utilizaban las mujeres para lavar la ropa en el Barranco Ferrer y que después blanqueaba tendida en las enhiestas junqueras o en las espinosas esparragueras del entorno.
La labor de la “partiúra” era realizada por las mujeres de la casa en colaboración con otras del núcleo familiar o de aquellas vecinas serviciales e impagables que se tenían entonces; escoger la pipa concentraba a gran parte de la familia en torno de una mesa, a la que de vez en cuando se sumaba el pretendiente de alguna de las jóvenes que había acudido al evento (una colaboración interesada, pero bienvenida). Los cascos o trozos partidos de almendra, que no tenían buena venta, se tostaban y se metían dentro de un higo seco para comerlo con fruición (un manjar humilde, pero que no desentonaría en eso que ahora llaman alta cocina) o para hacer garrapiñá o pan de higo: ¿alguien da más?
Un buen escandallo era señal de unas Pascuas en condiciones: desde la Purísima hasta Reyes habría diversión en la calle y en las tabernas: en estas, era común “echarse un punto al monte”: una apuesta “a salto seco” al caballo que había venido “en puertas” desataba la locura en el personal que, de inmediato y al unísono, prorrumpía en “canticios” muy sonoros, pero poco melódicos, mientras se arremolinaba bruscamente sobre la mesa para cobrar su premio, lo cual precipitaba al croupier encargado de tallar los naipes que, con voz enérgica y “apitonada”, pronunciaba las consabidas palabras: “ no me toquen posturas”.
Enero y febrero volverían a obrar el milagro otro año más en el Jerte alpujarreño para auténtico disfrute de los sentidos: el blanco y el rosáceo intenso formarán de nuevo una postal de ensueño; unas semanas más tarde, con la brisa intensa o un poniente más recio, se podrá contemplar el espectáculo de ver a los almendros derramar un mar de lágrimas blancas.
Marzo está aquí de nuevo y, de forma instintiva, me “atiento” el bolsillo. Ya no hay escuela, y los pocos niños que quedan, llevan en el bolsillo un móvil “to pollúo” en lugar de sal para el tan preciado banquete de las allozas.
Perdonadme, pero creo que me he quedado traspuesto debajo del “abarcoque” con este tibio sol poniente y estaba soñando con el ayer.
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Foto: Germán Acosta Estevez

 

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ALPUJARRA CLIO (NUEVO BLOG DE INVESTIGACION SOBRE LA ALPUJARRA).

Hoy tenemos el placer de presentaros un nuevo blog dirigido por nuestro amigo compañero de batallas, Alpujarreño “Güevero” de “pura cepa” el autor Fran Puerta.
El contenido esta relacionado con la investigación y comunicación atraído por su tierra, por nuestra tierra la Alpujarra.

Por qué Alpujarra Clío?
Por lo ardua de nuestra  tarea  nos vemos obligados a invocar a  Mnemósine, hija de Urano (el cielo) y Gea (la tierra). Mnemosine  encargada de cuidar los recuerdos de los seres humanos. Fruto del amor de Zeus por Mnemósine, esta dio a luz a las 9 Musas. Inspiradoras y protectoras de toda forma de arte y que presiden toda manifestación de inteligencia.
Y Sobre ellas especialmente invocamos a Clío, Musa de la Historia. Clío hija de la memoria. Realidad anterior a la historia. Y  a diferencia de su madre (Mnemósine, poseedora de la memoria) posee el poder de la reflexión sobre los acontecimientos. Cualidad que nos permite la comprensión de los hechos humanos.
 

Lo podeis seguir en la web:www.alpujarraclio.es www.alpujarraclio.com
Pagina facebook: https://www.facebook.com/alpujarraclio/?fref=ts

La claridad de la Alpujarra.

Las chimeneas de altura de la Alpujarra.

Capileira es uno de los pueblos donde mejor se conserva la tipología y la arquitectura tradicional de la Alpujarra.


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El precioso y turístico municipio alpujarreño de Capileira posee centenares de chimeneas cilíndricas rematadas con una loza de pizarra y terraos (tejados planos) muy pintorescos y singulares. El aspecto de Capileira está condicionado por la orografía del lugar. Las antiguas calles de este pueblo no poseen ningún esquema de construcción definido. La riqueza arquitectónica de esta localidad se descubre en todo el casco urbano y se caracteriza por su sencillez y funcionalidad.
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En Capileira destacan las chimeneas como elemento característico del perfil urbano, variando su altura hasta alcanzar el nivel suficiente para su correcto funcionamiento. Existen varias tipologías que coronan las casas siendo las más abundantes las que tienen forma troncocónica, encalada y rematada por una laja horizontal y un castigadero encima.
Hasta hace unos lustros en las viviendas dotadas de dos plantas, la inferior se dedicaba a la cuadra, el lagar para el gasto de la casa, la leñera, los aperos de labranza, la marranera, el granero y, a veces la cocina para la matanza del cerdo. Es uso residencial se reservaba a la primera planta. A veces acompañaba a la chimenea un horno pequeño. Las casas antiguas están construidas, principalmente, con barro, piedra sin labrar, yeso y madera.


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En la cubierta de los edificios la launa es el material impermeabilizante desde hace centenares de años. Se trata de una arcilla autóctona que debido a su estructura laminar y a la proporción de limos, impide casi siempre el paso del agua. También, su textura y color plateado brillante lo convierte en un material que refleja los rayos solares, contribuyendo a un mejor acondicionamiento térmico de la edificación. Otro componente que singulariza la trama urbana es la presencia de huertos urbanos.
El Barranco de Poqueira formado por Capileira, Bubión y Pampaneira fue declarado en 1982 Conjunto de Interés Histórico-Artístico y goza de especial protección. Esta zona tan atractiva y visitada se encuentra incluida en el Parque Protegido de Sierra Nevada. Son famosos también en esta zona los tinaos (pasadizos) y los soportales de las casas. Desde las Eras de Aldeire de Capileira se divisa, entre otras cosas, el Mar Mediterráneo y el Veleta.
El nombre de Capileira proviene del latín ‘Capillaria’ que significa cabellera lo que alude al hecho de ser el pueblo más alto del Barranco de Poqueira, situado a 1.436 metros de altitud sobre el nivel del mar. En otros tiempos Capileira estaba dividida en dos barrios y disponía de una mezquita y un horno. Según cuentan las crónicas del siglo XVI, toda la zona se dedicaba al cultivo de regadío y eran muy apreciadas la seda, las moreras, las viñas, las cosechas de cereales y los pastos para el ganado.
Es recomendable callejear por Capileira y realizar senderismo. Uno de sus itinerarios por el casco urbano parte desde la Plaza del Calvario al Callejón de las Campanas y desde allí hasta las casas sobre el Tajo del Diablo. Todas las rutas cautivan al viajero. Las gentes de Capileira son muy hospitalarias y generosas. Capileira es un lugar ideal para degustar los platos alpujarreños, adquirir artesanía y productos alimenticios elaborados en la Alpujarra, pernoctar, practicar algún deporte y descansar.
Este pueblo fue el primero de la Alpujarra alta en apostar por el turismo rural gracias a los empresarios locales José Pérez (padre) y Francisco López (padre), al por entonces alcalde Manuel Mendoza apoyado en todo momento por el periodista y cronista del Barranco de Poqueira, Rafael Gómez Montero, el vicepresidente de la Diputación Provincial, Sebastián Pérez Linares, el rector de la Universidad de Granada, Antonio Gallego Morell, entre otros.
Capileira posee un gran numero de hoteles, hostales, casas rurales, apartamentos, bares, bodegas, restaurantes y lugares de copas. También cuenta esta localidad con un museo antropológico, un centro multiusos sociocultural, una oficina de Información Medioambiental, una igesia consagrada a la Virgen de la Cabeza del Siglo XVI, aparcamientos en distintos luares, dos tahonas y una chacinería, los senderos a los parajes de La Cebadilla, el Río Poqueira…, un cuartel de la Guardia Civil, una farmacia, una parada de bus, rutas quiadas al Parque Protegido de Sierra Nevada, supermercados, carpinterías, tiendas de artesanía y regalos, empresas de construcción, colegio, galerías de arte, lugares pintorescos como, y por ejemplo, las Eras de Aldeire, la Calle Mentidero, el Mirador de las Espeñuelas, el Tajo del Diablo, el Parque Maestro Nevot, entre otras muchas e interesantes cosas.

Fuente: Ideal

CARTEL

“Solidaridad entre Montañas- PITRES 2017″

El Ayuntamiento de Pitres  ha organizado con motivo del día mundial contra el cáncer actividades con el nombre de “Solidaridad entre Montañas”.


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Puente Palo, un pulmón alpujarreño.

En la vertiente sur de Sierra Nevada encontramos el paraje de Puente Palo, con una gran riqueza forestal de pinos silvestres, robles, encinas y castaños.
Los primeros trabajos de repoblación forestal en Sierra Nevada se llevaron a cabo en la cuenca del Río Chico, entre los términos municipales de Cáñar y Soportújar, entre los años 1925 y 1935 y tenían como objetivo frenar los importantes corrimientos de tierras que amenazaban las poblaciones de Cáñar, Bayacas, Soportújar y Carataunas así como lo arrastres que empobrecían y destrozaban las huertas de Órgiva y las vegas, a orillas del Guadalfeo, en las localidades de Vélez de Benaudalla y Salobreña. Uno de estos episodios se llevó por delante, a principios del siglo pasado, el pequeño pueblo de Barjas, en la cabecera de un arroyo secundario del Río Chico; sólo quedó un pequeño trozo del muro del cementerio.
Fruto de aquellos trabajos forestales y de actuaciones posteriores, en la actualidad la zona tiene una enorme riqueza forestal con uno de los mejores pinares de Sierra Nevada que está junto a un valioso robledal que se completa con ejemplares centenarios de encinas y castaños.
Además de su interés como pulmón forestal tiene un papel muy importante en la prevención de la erosión.

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¿Cómo llegar?
Para acceder a Puente Palo hay un sendero de pequeño recorrido señalizado (PR-A22) que parte desde la casa forestal de Soportújar, próxima al vivero de Prado Grande, uno de los más antiguos de la provincia que estuvo operativo hasta los años 80 del pasado siglo. Esta es una de las razones por la que encontramos en sus alrededores un rico y frondoso arbolado de variadas especies de muchas procedencias que eran objeto de los experimentos forestales. Desde la casa forestal ascendemos unos 300 metros hasta encontrarnos con un hermoso ejemplar de secuoya, justo en una bifurcación. Tomamos el carril de la izquierda atravesando una ladera densamente arbolada desde la que disfrutamos de atractivas vistas de la Loma de Cáñar con el Cerrillo Redondo (2.912 m.) y el Pico del Tajo de los Machos (3.086 m,) que une esta Loma con la de Soportújar.
Tras cruzar el Barranco del Cerezo llegamos al antiguo vivero de Montechico, hoy convertido en un ‘arboreto’ con diferentes variedades de castaño, que atravesamos para subir por un camino que nos conduce a la pista forestal principal. Esta última parte del camino coincide con el inicio del tramo 5 del sendero Sulayr que va desde Puente Palo a Capileira. Una vez cruzado el río Chico llegaremos al paraje conocido como Puente Palo y un poco más adelante nos encontraremos el área recreativa construida en los años 80 que lleva este nombre. Estamos a una altitud de 1.750 m.
Antes de regresar merece la pena acercarnos a contemplar el robledal de Cáñar que está situado a poca distancia. Este magnífico robledal, en algunos lugares en proceso de recuperación con diferentes acciones selvícolas (podas, rozas, resalveos), tiene una gran importancia ecológica ya que el roble melojo, -también denominado rebollo-, que lo forma es una especie relicta propia de latitudes superiores que se mantiene gracias, por un lado, a las corrientes de aire cálido y húmedo procedentes del Mediterráneo (criptopluviometría), y por otro a las aportaciones recibidas de las filtraciones y careos de las acequias tradicionales.

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Para llegar a la casa forestal de Soportújar podemos tomar un sendero que parte desde el mismo pueblo por bancales y cortijos hasta llegar a la pista forestal, para lo que emplearemos menos de una hora. Otra posibilidad es subir en vehículo, unos 5 kilómetros aproximadamente, desde la Ermita del Padre Eterno situada en la carretera de La Alpujarra (A-4132), a 1 kilómetro del cruce que conduce al pueblo de Soportújar.
También podemos llegar hasta el área recreativa de Puente Palo desde la localidad de Cáñar con una distancia aproximada de 9 kilómetros.
Encrucijada del sendero Sulayr
Puente Palo es el punto de encuentro de los tramos 4 y 5 del sendero circular de gran recorrido GR-240, conocido como ‘Sulayr’, el nombre con el que los árabes denominaban a Sierra Nevada, que a su vez lo habían tomado del latín Mons Solarius que significa ‘Sierra del Sol’.
El tramo 4, Tello-Puente Palo, parte de la antigua casa forestal de Tello, a 1.550 m. de altitud, ahora destinada parcialmente a refugio-vivac de senderistas y montañeros. Toda esta zona fue asolada por un extraordinadio incendio en 2005 que afectó a más de 3.000 hectáreas y ha sido objeto de un proyecto de restauración en el que han colaborado diferentes grupos de investigadores y cuyo seguimiento y estudio sirve de orientación a otras actuaciones forestales.
Este tramo forma parte y recorre la sierra de Lanjarón y Cáñar atravesando, por sendas y pistas forestales paisajes variados, (pinares, matorrales de media y alta montaña, encinar, robledal y vegetación de ribera).
Tiene una longitud total de 8,7 km y un desnivel acumulado de 410 metros de subida y 210 de bajada. El tiempo estimado invertido en su recorrido es de unas 3 horas y media.
El tramo 5, Puente Palo-Capileira, es uno de los más concurridos y atractivos del Sulayr. Va paralelo a la acequia del Almiar, entre robles y encinas, durante varios kilómetros y luego desde La Atalaya se asoma al barranco del Poqueira, con los bellos pueblos alpujarreños de Pampaneira, Bubión y Capileira coronados por unas impresionantes vistas de las cumbres del Veleta y del Mulhacén. Este trayecto es uno en los que se produce una mejor combinación del patrimonio natural e histórico-artístico que configura el paisaje eco-cultural alpujarreño.
Muy cerca del sendero podemos visitar el centro budista O Sel Ling que significa ‘Lugar de Luz Clara’. Este centro fue fundado por el lama Yeshé y visitado por el Dalai Lama en 1982. La tipología alpujarreña de los edificios utilizados como casas de retiro espiritual contrasta con la estupa y el edificio con la rueda de las oraciones de inspiración oriental budista.
El tramo 5 termina en la localidad de Capileira donde enlazará con el siguiente, Capileira-Trevélez, que une las dos poblaciones más altas de Sierra Nevada. Tiene una longitud de 10,5 km con un desnivel de subida de 300 metros y de 515 de bajada. El tiempo estimado en su recorrido, en su mayor parte a través de sendas antiguas recuperadas, es de 4 horas.
especie. El roble melojo, (Quercus pyrenaica), a pesar de su nombre científico, está presente en buena parte de la península, estando escasamente representado en los Pirineos, salvo en zonas bajas y valles del Prepirineo. El nombre melojo tiene un sentido peyorativo ya que proviene del latin malum folium = mala hoja. En Sierra nevada están ausentes otros robles considerados como los ‘hermanos mayores’, el roble carballo (Quercus robur) y el robe albar (Quercus petraea).

Fuente: Granadahoy

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La Escuela Hogar de Órgiva en primera persona: recuerdos de lo vivo lejano.

Comenzamos el año y compartimos un post de nuestro amigo German Acosta Estévez publicado en el blog de la casa de la alpujarra el pasado 6 de enero con el titulo “La Escuela Hogar de Orgiva en primera persona: recuerdos de lo vivo lejano” como bien nos habla el autor en el articulo cientos de niños allí vivieron y estudiaron, destacar la labor de esta escuela “con sus buenos y malos recuerdos” ya que sin su existencia estos cientos de niños y adolescentes Alpujarreños de pueblos como Rubite, Sorvilán, Polopos, Albondón, Murtas, Turon, Albuñol, Berchules, Cádiar, Torvizcón, Alpujarra de la Sierra, Almegíjar, Pórtugos, Pitres, Busquístar y otros nunca habrían podido culminar su estapa superior de EGB, Bachillerato o FP e incluso a generaciones posteriores los estudios conocidos como ESO y Bachillerato, lo que a muchos les dio acceso a poder conseguir llegar a sus facultades correspondientes.

GERMÁN ACOSTA ESTÉVEZ.
El pasado 10 de diciembre, la Asociación Cultural La Casa de la Alpujarra concedía el galardón de Alpujarreño Distinguido a la Asociación Amigos de la Cultura de Órgiva.
Entre los méritos acreditados por este grupo, con un marcado enfoque cultural y social hacia la comarca alpujarreña, estaba el haber conseguido la construcción en 1966 de un Instituto de Bachillerato, tras sortear varios problemas y con mucho esfuerzo por parte de sus miembros fundacionales. Para completar la tarea, en los terrenos sobrantes aledaños y empeñando sus respectivos patrimonios, en 1972 comienza su andadura el Colegio Menor Fernando Castellón, al que poco después se le agrega la Escuela Hogar, dos referentes, sin duda, entre los lugareños de aquellas tierras, pero, sobre todo, entre los cientos de niños que allí vivieron y estudiaron, que quedaron marcados por su impronta y las múltiples vivencias entre sus muros.
Sin duda, estos centros supusieron una oportunidad única para la formación y el estudio de aquellos rapaces, hijos en su mayoría de esforzados labriegos alpujarreños, en cuyos pueblos (sobre todo los más pequeños) la segunda etapa de la Educación Primaria había quedado desaparecida o muy debilitada con la Ley de Educación de 1970. No es menos cierto que, en estos niños, el despertar de la responsabilidad nace quizás demasiado pronto: con tan solo 11 ó 12 añitos tuvieron que priorizar el mantener su beca, pasando los juegos a un segundo plano, pues el fracaso suponía un horizonte de manos encallecidas para, sin horario, arrancarle a la tierra un fruto bastante escaso.
Tiempo de formación y disciplina en tiempos de cambio. Monjas y seglares a cargo de un centro mixto, tan raro al uso por aquellos tiempos, donde los educadores también tuvieron que adoptar distintos roles: tutores o consejeros, o incluso de padres de familia muy numerosa por obra y gracia del destino siempre romántico e imprevisto de La Alpujarra.
Para nosotros, algunos de los que pasamos por allí como alumnos hace ya la friolera de casi 40 años, fue un tiempo que marcó nuestras vidas para siempre: amén de estudio y normas de convivencia y comportamiento, nuestro pasaporte esta sellado de cientos de vivencias, de múltiples anécdotas y de relaciones interpersonales intensas, capaces de conectar enseguida a dos personas que estuvieron allí, aunque en distinta época, porque los que tenemos ADN de aquel colegio, nos une una esencia más fuerte incluso que la sangre. Pero sobre todo, de allí salieron amistades que aún perduran pese a la distancia y al tiempo. Y cuando te reencuentras o hablas con alguno de aquellos compañeros de fatigas, al final la memoria se precipita en un torrente de recuerdos:
_ ¿Te acuerdas? _ No se me olvidará en la vida.
Llegué a aquella Escuela Hogar a finales del solsticio de verano de 1977. Atrás quedaron en Motril, “los Rompetechos”, Ayudarte y compañía, y también compañeros como Manolo Jiménez, Salvador, Miguel Maldonado, Daniel y toda la caterva de rubiteños que allí había. Reconozco que mi primera experiencia en aquel internado de Órgiva no fue muy agradable: el potaje de habichuelas tenía ciertos invitados minúsculos negros en suspensión; del comedor pasamos a los aposentos comunales donde colocamos nuestros escasos pertrechos en una taquilla y donde conocí a mi primera amistad, un chico rubio con gafas que blincaba a lo alto de la litera como un choto, que andaba continuamente acomodándose el flequillo y sobre el que decían los más veteranos que tenía algún tornillo suelto: Andrés Carbelo, de Cojáyar, amigo y compañero de camareta y con el que me estrené en las tareas de limpieza del dormitorio el primer fin de semana.
A la mañana siguiente en aquel amplio comedor, nombrado jefe de mesa por aclamación de un dedo señalador desconocido, me sentaba y bendecía la mesa, según costumbre, junto a otros cinco compañeros, entre los que estaba un chico de Almegíjar al que todos llamaban Manolo “Nervios”, cuyo tembleque de manos propiciaba que su servilleta siempre estuviese de aquella manera. Y a mí que, por cuestión inherente al cargo, me tocaba llevarla siempre al servilletero…La mantequilla y el foie-gras siempre andaban justos, sin embargo, la mermelada no era muy requerida y un servidor aprovechaba la ocasión, aunque sin saberlo, para lograr un aporte extra de fibra y antioxidantes. Como tampoco olvidaré aquella mañana en la que, a propuesta de mi tutor y bajo la supervisión en persona de la mismísima Madre Méndez, me fue ofrecido un desayuno propio de la realeza por el simple hecho de acceder a la fase provincial de un concurso de redacción patrocinado por una afamada marca de refrescos: ni que decir tiene que me puse como el Quico.
Tras volver de clase y casi sin más tiempo que el de soltar los libros en el estudio, nos preparábamos para el almuerzo, para lo cual formábamos varias filas debajo de aquella baranda que protegía las escaleras de acceso a la primera planta, momento en el que las collejas volaban por todos lados, hasta que Salvador se daba cuenta del percal y nos las devolvía con IVA incluido. En aquel refectorio el menú era casi siempre el mismo semana tras semana: garbanzos, los martes tocaban macarrones cachondos (había que comer rápido, pues luego tenían que hacerlo los chicos y chicas del Colegio Menor) y los viernes siempre había lentejas, tortilla de “papas” ya curada con aceitunas Gran Reserva que se apuraban más rápido que de costumbre, ya que muchos se iban el fin de semana a sus lugares de origen y la Alsina salía a las 15´00. Sin duda, los mejores manjares estaban reservados para los domingos: albóndigas o pollo en salsa, pero en su justa medida…La merienda se dispensaba tras volver del cole por la tarde en la puerta del comedor, donde sobre un banco se colocaban unas cajas con trozos de pan y otra con chocolate, porciones de carne de membrillo, etc. Comer rápido y a jugar, pues a continuación venían 120 minutos de estudio hasta la hora de la cena, donde se nos obsequiaba con distintas sopas o patatas revueltas con huevos que yo, de vez en cuando, les pongo a mis zagales. Pero, en ocasiones, sabiendo que la última comida del día no iba a ser muy consistente, cuando llegaba el buen tiempo y con él las ciruelas, nísporas y demás frutos apetecibles, decidíamos regalar a nuestros cuerpos serranos una aportación alimenticia suplementaria. Era entonces cuando Manolo “el Lagarto”, entre la hora de la merienda y la de comienzo del estudio, pronunciaba la contraseña: “vamos a merendar”. Y desaparecíamos en el acto sin dejar rastro para rendir visita a la vega de Órgiva: Tíjola y las ranas de San Antonio y las tortugas de la Charca del Borriquero echaban a temblar ante aquel grupo de operaciones especiales.
Y para dar de comer a tanta boca, en la cocina a pleno rendimiento siempre, estaban Loli y su hija, Rafaela, Loli y otra chica joven de cuyo nombre no me acuerdo. A estas últimas, con el despertar de nuestra pubertad y las ansias por conocer el desnudo femenino, recuerdo que solíamos espiarlas por un trozo de cristal descolorido que había en el estudio que estaba contiguo a las duchas y vestidores del personal laboral. Todas ellas estaban comandadas por la madre Pilar, quien con su llegada mejoró sustancialmente la variedad y calidad de nuestras viandas, siempre bajo la estricta supervisión de Lucy, la hermana de la madre Méndez, aquella mujerona no muy agraciada que los domingos se apretaba un par de Larios con cola en el bar del Oeste. Con el personal de cocina mi relación fue siempre excelente, sobre todo el segundo año en el que estuve de puesta de comedor el curso completo: de los seis que realizábamos tal cometido, siempre me mandaban a mí al almacén a por cualquier cosa que faltase, acción que se veía recompensada a escondidas con algún trozo de tocino para la “pringá” o cualquier otra fruslería. Aunque también conocimos los recortes ese año, quedándonos sin la ansiada bollería durante tres domingos seguidos. Pero un descuido de la Madre Tomasa el último fin de semana del mes de abril, dejándose la puerta abierta de la lavandería, nos permitió el acceso a la despensa y arramblar con los desayunos de todo el personal: suizos, cuñas o bilbaínos fueron devorados en un santiamén en el dormitorio de abajo. Aunque luego vino el remordimiento, no hubo confesión de tan placentero delito, como era de esperar.
El estudio era parte fundamental de nuestro día a día. Para ello disponíamos de un salón en la parte baja del edificio. El nuestro, el de 7º y 8º, estaba junto a la sala de la televisión que había justo en frente de la entrada de esa planta del sótano; más allá de la sala de esparcimiento se encontraba una dependencia para material deportivo y otros menesteres y la sala de mecanografía; en el otro sentido se hallaba el estudio de 6º, los vestidores de las cocineras y, tras unos pocos escalones, nuestro dormitorio; 5º y los cursos inferiores se encontraban en la parte superior del ese ala del edificio. Allí mi tutor me facilitó por vez primera un método de estudio, recibía ayuda y me resolvían dudas, y se respiraba silencio…Bueno, casi siempre. Difícil tarea cuando hay más de cuarenta chavales juntos, cada uno de su pueblo, y de su padre y su madre. Allí ocuparía dos años el mismo banco y el mismo pupitre, y dos años me acompañaría el mismo compañero: Gonzalo Chinchilla Fernández, de Notáez, gran persona y amigo, y que siempre me llamaba: ¡primo! Cosa rara, porque en aquel refugio difícilmente nadie te llamaba por tu nombre, sino por tu apodo o mote. “Perro”, “Trucha”, “Medusa”, “Rata”, “Ballena” no eran más que una muestra de aquel arca de Noé que contenía de casi todas las especies. Pero también había otros de más amplias miras: “Perkins”, ”Tocino”, “Bomba” o “Violín”. En fin, un extenso catálogo.
La llegada de las notas era otra cuestión: en algún caso se pagaba con privación de salidas, apoyo de limpieza en espacios comunes, refuerzo de estudio o con el homónimo de la forma consagrada por suspenso y entonces había cinco evaluaciones: comprenderán pues el duro destino de algunos de mis compañeros menos capacitados o más relajados. No era quizás la pedagogía más adecuada, pero ningún chico desarrolló trauma alguno o necesitó de sicólogo. Los padres tenían una fe ciega en el maestro.
Para los que permanecían en el colegio durante el fin de semana había ocupaciones varias: limpieza y aseo, el omnipresente estudio, deportes y juegos, y el domingo acudíamos a misa a la iglesia del pueblo con sus espectaculares torres gemelas, para después tomarnos una cerveza en “el García” con su tapilla de hamburguesa en salsa o con unos pimientos fritos en el antro que había en el callejón que comunicaba la parte trasera de la iglesia con el casino y regentado por “Juanico Falange” , Sí, cerveza con13 ó 14 años. Nada de extraño en esa época, pues la mayoría de nosotros ayudaba en las tareas del campo a sus padres e incluso iba a ganar jornal cuando se terciaba. ¿Éramos suficientemente mayores para trabajar? ¿También para echarse un quinto de cerveza? Ciertamente, no, pero así era. Antes del almuerzo del domingo solíamos pasarnos por el barecillo de Paco “Pollas” que estaba justo frente a la salida del colegio, donde recuerdo como si fuera hoy: a Pino y Salvador echándose unos chatillos de vino, los “hits” del momento de Travolta y los Bee Gees sonando machaconamente en la sinfonola una y otra vez, a las novedosas maquinitas de marcianos o comecocos, y al entrañable lugareño Joselete retorciéndose al jugar en ellas y diciendo: “¡qué fino soy!”. Tras la comida, toda la chiquillería a la sala de la televisión para ver las series de moda: “La isla del tesoro”, “Sandokán” u “Orzowei”. Después vendrá el dilema de cómo rellenar la pesadez y ociosidad de la tarde, a la espera del tan temido lunes y del regreso del resto de nuestros compinches que disfrutaron del fin de semana en su casa.
Entre los educadores que contaba aquel centro podemos nombrar a Yáñez y Antonio Jerónimo, si bien nuestro contacto y relación con ellos era mínimo, ya que estaban encargados del personal masculino del Colegio Menor.
Caso distinto es el de Pino, encargado de los chicos de 6º, el papi de todos ellos, creo que tuvo ese curso le cayó en suerte el tener a su cargo endemismos de una singularidad asombrosa como Benjamín, “el Rubio” o “el Rascaleño” entre otros. Hombre corpulento y con cierta pachorra, con el que nuestros fines de semana eran más relajados cuando le tocaba guardia, pues algunos días del señor solía irse a comer a su casa y eso nos daba cierto cuartelillo, pues el pobre Salvador era más condescendiente y no podía abarcarlo todo. Eso sí, esos domingos por la tarde estaba pendiente del transistor y de la quiniela, atascando de vez en cuando un cigarrillo de Ducados con un golpe seco en la esfera de su reloj y esperando un buen resultado de su Barça y no tan bueno del Madrid, temiéndole quizás a las chanzas el lunes por parte de su” primo” Carvajal.
Don Antonio era más serio y a veces se gastaba malas pulgas cuando se saltaba uno ciertas reglas. Apasionado del deporte y de la elocuencia teórica, me inculcó que el descanso de mis compañeros era sagrado. Pero a veces, ese descanso se rompía de la forma más inesperada, como por ejemplo, la noche en la que haciendo un verdadero ejercicio de contorsionismo, nos colamos entre las rejas del baño de nuestro dormitorio y volvimos ya de madrugada con saco y medio de mandarinas que disfrutó toda la peña. Para justificar tan concentrado olor, dijimos que a uno de los compañeros, que ya por entonces apuntaba maneras de metrosexual y tenía el bolsillo medianamente abrochado, se le había roto y derramado en pleno dormitorio el bote del champú. ¡Menuda trola! O qué decir de aquellas noches cuando algunos soñaban en voz alta con algunos pasajes intensos de su actividad cotidiana. ¡La que se liaba! Por no referir las noches en vela que pasábamos en los baños contando batallitas o leyendas de nuestros respectivos pueblos.
Carvajal solía montar en el colegio cada año un equipo de futbol cuyo estadio majestuoso estaba en Sortes, donde entrenábamos cuando encartaba y venía bien, por muy adversas que fueran las condiciones del clima; llegó D. Antonio a conseguir hasta 16 camisetas y pantalones a los que tuvimos que pintar el número con rotulador y que llevamos con orgullo en el 78 a la clausura de los juegos escolares en los Paseos Universitarios y, con las mismas, nos fuimos a disfrutar del Corpus en las inmediaciones del Violón.
El Balonmano también fue otra de sus improntas dejadas allí. Cómo no acordarse de aquellos épicos partidos contra el Ave María de Pepe Pozo, apoyados por la masa enfervorecida y al grito unánime y genérico de ¡colegio!, ¡colegio!, ¡colegio!, aunque acabáramos perdiendo con ellos, como siempre.
Él fue también el responsable del vallado que se puso tras la portería de la cara sur del campo de deportes a fin de proteger los cipreses que se habían plantado. Para ello fuimos reclutados Antonio Rodríguez, del cortijo Los Payares, Manuel Sáez “el Lagarto, mis paisanos Gonzalo esteban (a quien un día metimos en la rueda de un camión y lo tiramos rodando por las escaleras de la salida sur del colegio), Miguel Ángel Dueñas y un servidor. En el Simca 1200 marrón de nuestro tutor nos encajamos en Tablones y pasamos ese fin de semana cortando troncos de los pinos quemados en el devastador incendio ocurrido meses antes. Dispensados de asistir a misa, después del transporte, mi amigo “el Lagarto”, que era muy ocurrente, nos lanzó el reto de afeitarnos por primera vez la poca pelusilla que teníamos por bigote, acción que los niños de Escuela Hogar teníamos vetada. El resultado: la cara hecha un cromo. El remedio a tal urgencia vino de la mano Rodríguez al decirnos que había escuchado que el pelo del mostacho crecía rápidamente si se untaba uno tocino y se restregaba también con ajo. Así que tuve que tirar de mis influencias en cocina para que nos suministrasen los ingredientes de tan milagrosa pócima, pero el resultado fue aún peor, y la pringue y el perfume acabaron por delatarnos. Creo que Carvajal se descojonaría al darse la vuelta. No hubo castigo, solo que también fuimos elegidos para colocar los palos y la correspondiente tela metálica.
Con el transcurrir de los años y con la marcha de estos dos pilares de aquel internado, se perdió, de alguna manera, parte del mito o la leyenda que lo habían alimentado a lo largo del tiempo.
Antonio Serrano completaba aquella terna de educadores en el colegio. Aquel durqueño de prominente nariz era quizás el más serio y menos cercano con los alumnos del colegio y solía decir que con la ingesta de cebolla el apéndice nasal se hacía más prominente, lo cual desataba las carcajadas de los que estábamos alrededor, risas que él acogía de buen grado. Tenía a su cargo, junto a la madre Tomasa, a los chavales de menor edad. De vez en cuando departía con los seis chicos que estábamos en el servicio del comedor, e incluso nos dejaba con la boca abierta cuando nos mostraba sus habilidades a la hora de pelar la fruta con cuchillo y tenedor.
Salvador Serrano era tal vez la persona más entrañable y cercana a nosotros. Llegaba todas las mañanas con su cara algo roja, su marcado abdomen y su jersey verde de lana con la correspondencia en la mano. Siempre le recuerdo como queriendo mostrar un ataque repentino de carácter que pronto desaparecía, porque no era su condición, aunque durante la enfermedad de su hijo Adolfo, que luego le sustituyó en sus funciones, estuvo un tanto perdido y agrio. Le recuerdo también sesteando en la sala de la televisión los domingos al medio día y disfrutar de su vinillo con D. José Pino en el bar. Confieso que solíamos engatusarlo para que nos dejara salir alguna tarde del fin de semana al pueblo; cuando se negaba, poníamos caras de circunstancias y el argumento de que alguien de nuestra familia estaba por allí de visita. Al final acababa cediendo y mirando con pose y señalando su reloj, nos concedía media hora de permiso que nosotros rara vez respetábamos, pues nos entreteníamos con nuestras amigas “güeveras” o pasábamos el rato en los recreativos abusando de una máquina que abríamos con un cortaúñas o engañábamos con un duro sujeto por un hilo de pescar, obteniendo todas las partidas gratuitas que deseábamos. Asesorados por los compañeros más veteranos era costumbre en el estudio del fin de semana el ponerle en un brete para que nos explicara la reproducción, y era entonces cuando el rojo de su cara se volvía más intenso. En mi memoria aún está muy viva la comida que tuvimos al final de curso del año 79 en el río Guadalfeo, en un remanso a la altura del Castillejo: aquella carne con tomate que nos preparó a los de 8º acompañada de cerveza y buena compaña durante todo el día es uno de los recuerdos más reconfortante que tengo de mi paso por aquel hogar.
Y luego, en mitad de aquella Babel alpujarreña, estaban las monjitas, las Siervas de San José. Apenas si recuerdo a la Madre Inmaculada, fallecida este pasado noviembre, y a otra hermana, conocida entre el alumnado como la “metralleta”, por su acusada tartamudez.
La Madre Pilar, mujer guapa y con cara de buena gente, de sonrisa abierta, agradable y humana, puso todo su empeño en mejorar nuestra alimentación, pero las condiciones económicas la hicieron replegarse y pasó a un segundo plano al tiempo que mudaba un poco su carácter comunicador.
La Madre Concha era uno de los estandartes de aquel internado. Se solía ocupar de los pequeños percances o enfermedades comunes que nos afectaban: nada que no se pudiera solucionar con Aspirina, Okal u Optalidón. Cómo olvidar sus salidas de tono en las celebraciones de las Flores de Mayo o su lazo rojo cuando se celebraba San Valentín, diciendo con su sonrisa entre infantil y picarona que ella estaba enamorada de Jesucristo: Por cierto, era muy mala vigilante en los bailes que celebraban los mayores o se lo hacía. Quedarán para la posteridad sus clases de Religión en el Instituto: especialmente movidas eran aquellas de 2º de BUP en las que hacía aprendernos para luego recitar de carrerilla aquel Himno del Amor (Corintios, 13). Claro está que cuando ya llevábamos 7 u 8 alumnos con la misma cantinela monocorde, el calorcillo de las cuatro y el madrugón de los maitines comenzaban a hacer mella en ella, momento para que el espabilado de turno del pueblo o de Lanjarón nos contase pormenorizadamente la película que había visto en su casa la noche anterior. Terminada la impostura, la despertábamos súbitamente y ella asentía que lo habíamos bordado, tal vez por no reconocer su pequeña cabezadita.
Por allí también deambulaba la Madre Tomasa, aquella viejecita de tez blanquecina con algunas manchas y ojos penetrantes, muestra de su firme carácter e imparable actividad, aunque he de reconocer que en las distancias cortas era adorable por su guasa y su retranca. Además de compartir las riendas del estudio de los más pequeños, llevaba la lavandería y se ocupaba de repartir y vigilar la comida de sus niños, aunque a veces se empecinaba en que dos renacuajos como Cortés y Orteguilla se tragaran aquel plato de Duralex colmado de macarrones.
Luego estaba la Madre Emérita, venerable viejecita que enseñaba mecanografía mientras camuflaba el martilleo de las teclas con el sonido del piano. Un poco encorvada y menuda, esbozaba una eterna sonrisa que sólo se truncaba cuando golpeábamos los cristales de las ventanas de su clase jugando al frontón.
Comandando aquella partida de hábitos estaba la Madre Méndez, mujer de baja estatura, de mirada firme y carácter marcado. Se ocupaba de la dirección del centro y en gran parte del estudio de las chicas del Colegio Menor. Difícil no reconocer la ardua tarea que tenía que realizar, aunque supo tener la suficiente mano izquierda para armonizar un colegio mixto en cuyo puchero hervían más las hormonas que los propios garbanzos. Su marcha a comienzos de los 80 supuso un antes y un después en aquella casa: los veteranos acabarían echándola de menos, pues su sustituta, la Madre Vicenta no entendió la filosofía ni las costumbres y derechos adquiridos en todos los años pasados. Históricos varones como Vargas, Juani, Viñolo o Ramón que llevaban allí 5 ó 6 años, en el 83/84acabaron por marcharse en COU, en el curso estrella para los que se consagraban en aquel colegio.
Y luego estaban los mayores, aquellos chicos del Colegio Menor a los que me parece aún ver bajando las escaleras como potros desbocados y oír el eco de sus poco melifluas voces: Murcia, Cohetero, Ansé, Mingo, Salas, Cruz, Matías,…A todos ellos los envidiábamos, no sólo por la estatura, sino por estar en unos cursos todavía muy lejanos para nosotros, pero sobre todo, porque andaban siempre con las chicas: compartían con ellas fines de semana frente al televisor dándole caladas a un cigarrillo prestado, allí donde se entrelazaban sus manos las recién surgidas y nerviosas parejas; participaban en excursiones organizadas por el colegio o en festivales donde se preparaban canciones para la ocasión al son de aquella banda mítica compuesta por varios educadores, donde Pino atizaba a la batería mientras sujetaba un cigarro casi de forma perenne y con arte antiguo en la comisura de los labios; realizaban representaciones teatrales, por no hablar de los ansiados bailes en el comedor, con la luz de la cocina de fondo como único testigo cuando se trataba de bailar lento y con la animación que proporcionaba el alcohol guardado en los bolsos de las niñas a modo de improvisado y embrionario botellón. Todo eso fue lo que la nueva dirección intentó limitar en exceso y derivó en un malestar crónico.
Las circunstancias hicieron que yo buscase acomodo fuera de aquel recinto para estudiar bachillerato. Mis compañeros seguían allí. Me seguía pasando por aquella casa con el pretexto de verlos, aunque coincidíamos en el Instituto, donde tuve nuevos compañeros e hice grandes amistades con otros que también estaban residiendo en el Colegio Menor. Aquellos mismos me visitaban tras la merienda en la pequeña y coqueta casita que estaba al final del paseo, y allí se arrimaban al brasero para calentarse un poco los huesos antes de irse para el estudio o para echar un ratico de casquera compartiendo un pitillo.
La lógica y los nuevos tiempos terminaron por determinar el cierre en 2004de aquellos muros que habían guardado dentro tanta vida y juventud. Una buena amiga que había pasado cuatro años en aquel lugar de culto me comentó que había llevado a su marido y a sus hijos para contarles sus batallitas y mostrarles el centro que tanto le había marcado, pero que le produjo un tanto de pena al enterarse que, desde 2007, aquello era un Centro de Estancia de Día y Residencia de Mayores.
Confieso que, alguna de las veces que he visitado Órgiva, he tenido la tentación de pasarme a contemplar aquel barco encallado que me acogió en aquellos tiempos, pero no he podido o he sido un cobarde: quizás porque nunca me fui del todo, quizás por miedo a que me asalte mi propio espíritu errante por aquellos contornos, quizás porque temí recordar: las collas de niños jugando a las canicas con las manos llenas de tierra, al abejorro, a las partidas interminables de frontón, los partidos de fútbol donde nadie era excluido pese al número infinito de contendientes, a aquellos que a tan temprana edad buscaban furtivamente los servicios para fumarse el cigarro prohibido, aquellas escapadas a la vega o al río en busca de la molicie u ociosidad, las sempiternas horas de estudio, las confesiones o los chistes en voz baja en el dormitorio, los paseos de ida y vuelta en pandilla de las chicas para recitar de corrido el examen de Historia de aquella tarde o comentar los nuevos romances surgidos intramuros, o el encaminarse al Instituto con los libros aferrados en el regazo. Así, cada uno de los que pasó por aquel lugar podrá contar cientos de experiencias y anécdotas vividas en primera persona o conocidas a través de sus más allegados.
_A mí no se me olvidarán en la vida. ¿Te acuerdas?
Fuente: LA CASA DE LA ALPUJARRA

Capileira ya es uno de los ‘Pueblos más bonitos España.

Las localidades de Grazalema (Cádiz) y Capileira (Granada) forman parte de los trece municipios que pasarán a engrosar la lista de los pueblos más bonitos de España en 2017.
Además de Grazalema y Capileira completan la lista, Villanueva de Los Infantes (Ciudad Real), Miranda del Castañar (Salamanca), Caleruega (Burgos), Fornalutx (Islas Baleares), Ujué (Navarra), Sajazarra (La Rioja), Chinchón (Madrid), Yanguas (Soria), Hita (Guadalajara), Covarrubias (Burgos) y Puebla de Sanabria (Zamora).
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Estos municipios trabajarán conjuntamente para dar a conocer la belleza excepcional de los rincones españoles en el marco de esta red, según han anunciado hoy en la Feria Internacional del Atlántico que se celebra en Las Palmas de Gran Canaria los principales representantes de la asociación.
Su presidente, Francisco Mestre, ha destacado que estos pueblos se unirán a las 44 localidades que ya forman parte de la entidad.
“Hoy es un día de fiesta en muchas regiones de España, es un premio a un buen trabajo realizado y una responsabilidad para el futuro. Estos trece nuevos pueblos se han comprometido a mantener y mejorar día a día su belleza arquitectónica, su patrimonio cultural, sus tradiciones y su entorno natural, un trabajo bien hecho por generaciones anteriores que hoy obtiene una merecida recompensa recompensa”, ha dicho en un comunicado.

pegatinavino

Una productora británica elige la Alpujarra como plató.

Todo el equipo cinematográfico se ha hospedado durante casi un mes en la empresa Apartamentos Turístico Rural Los Tinaos, de Bubión.
Han sido varias las veces que se ha elegido la comarca de la Alpujarra para la filmación de películas. La última es la cinta titulada ‘Sunburn’ (‘Insolación’, en español) acaba de rodarse en los pueblos de Bubión, Mecina, Ferreirola, Mecinilla, Atalbéitar, Fondales y también en el Aeropuerto Federico García Lorca Granada-Jaén. ‘Sunburn’ está interpretada, entre otros, por la actriz Elena Antonio y los actores Ryan Tonkin y Carlos Martínez.


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El director de la cinta es Anthony Alleyne y los encargados de la producción son Lee Cooper, Chiara Cardoso y Adrián Bellido. Todo el equipo cinematográfico se ha hospedado durante casi un mes en la empresa Apartamentos Turístico Rural Los Tinaos, de Bubión. Los ensayos de esta trilogía de terror y ficción realizada en un pueblo imaginario llamado ‘Angustias’ han sido desarrollados durante más de un año en Inglaterra. El proyecto es muy internacional por que aunque la producción es británica participan también españoles (incluidos extras alpujarreños) alemanes, italianos y búlgaros. El director conoció la Alpujarra hace años y decidió elegirla para las localizaciones de la película.

Fuente: Ideal

RAMBLA DE RUBITE RIADA MUERTO. FOTO: JAVIER MARTIN

ENCAUZAMIENTO ADECUACIÓN Y LIMPIEZA DE CAUCES Y RAMBLA DEL ACEBUCHAL Y RUBITE.

Las lluvias tan necesarias para todos parece que se van acercando, en los últimos meses y después de los hechos acontecidos el pasado 7 de septiembre de 2015, desde la corporación municipal de Rubite se han mantenido numerosas conversaciones con la Delegada Territorial de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía incluso con el Consejero a la vez que se han enviado numerosos escritos a la Delegación Territorial y la Consejeria de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía, a día de hoy no se ha realizado ningún tipo de actuación en la zona, con lo que estamos totalmente decepcionados con la falta de interés de la administraciones competentes.
Estas tareas son de vital importancia en nuestro municipio, vías de acceso a viviendas de núcleos de población, cortijos, parcelas, cultivo bajo plástico u otros cultivos como almendros etc.
FOTO: JAVIER MARTIN
Las actuaciones que se solicitan desde la corporación son trascendentales para el desarrollo de la agricultura y la economía en nuestro municipio, la falta de mantenimiento y adecuación en estas infraestructuras nos provoca que los agricultores y resto de vecinos no puedan acceder de forma correcta y segura a parcelas, viviendas etc, el transporte y distribución de frutos agrícolas se realiza con dificultad y peligrosidad, al no obtener respuesta para el encauzamiento de la Rambla del Acebuchal, se convoca a vecinos y periodistas a rueda de prensa que se celebrara mañana jueves 24 de noviembre a las 11:30 en el puente de Casarones – Rambla del Acebuchal – Rubite, con el objetivo de que seamos escuchados y por fin den comienzo las obras de encauzamiento de las Ramblas del Acebuchal – Haza del Trigo y Rambla de Rubite (Arroyo de Rubite) proyectos existentes desde el año 2007.